Rosa Sanz

Siempre que planteamos una entrevista de “mujeres Alawa”, es porque algún rayo de esa belleza que desprende una vida nos ha atravesado y cautivado. Con Rosa nos pasó eso desde la distancia, y cuando nos acercamos, esa fuerza se transformó en un abrazo de hospitalidad y acogida tan cálido que salimos de su casa renovados y “sanados por dentro”.

Aquí os presentamos un testimonio de coraje, de valentía, de generosidad, pero sobre todo un testimonio de fe. La fe de una mujer que se dejó alcanzar por un amor capaz de “hacer nuevas todas las cosas”.

 Hola Rosa, gracias por tu generosa acogida aquí en el salón de tu casa. A modo de breve presentación podríamos decir que eres profesora de física y docente de un colegio concertado en Madrid, que estás casada con Ubaldo, que eres madre de dos hijos: Dimitri y Marina y abuela de Miguel.

Estamos seguros de que tienes muchas facetas interesantísimas en tu vida, pero hoy nos hemos acercado a ti atraídos por una: la maternidad.

En enero del año 2000, se podría decir que empezó una etapa nueva en tu vida, pero terminó otra de muchos acontecimientos. Y es que, concretamente el 20 de enero del año 2000, adoptasteis a vuestros dos hijos, Dimitri y Marina. ¿Cómo fue ese recorrido?, ¿cómo se llegó hasta allí?

Rosa     – Bueno, nosotros, mi marido y yo, empezamos a salir muy jovencitos. Yo tenía 16 años, Ubaldo tenía 17, y estuvimos saliendo nueve años hasta que nos casamos. Cuando nos casamos, pues la verdad, lo típico de muchas parejas que quieren disfrutar del matrimonio, pensando que ya habría tiempo para tener hijos. Pero sí que es cierto que yo tenía una conciencia de querer ser madre desde siempre. Y entonces llegó el momento en el que ya nos planteamos tener hijos. En ese momento nos empezamos a dar cuenta de que no venían y había dificultades.

Yo, científica, pensaba que la ciencia tenía que dar solución. Nos hicimos pruebas y nos hablaron de la opción de la fecundación “in vitro” y apostamos por ese camino. Ahora que soy creyente, entiendo por qué la madre Iglesia me quería proteger de aquello. Era un camino despersonalizado, duro, tanto afectivamente como psicológica y físicamente. Cuando me quedé embarazada con el tratamiento, a los dos meses perdí el bebé.

Por aquel entonces, ya nos habíamos planteado el tema de la adopción, y ese fue el punto clave para decir “vamos a adoptar”. Decidimos que, dado que nuestros hijos iban a tener un pasado, lo más lógico era que nosotros pudiéramos coincidir en cariño por ese pasado.  En aquel momento teníamos muchas amistades con Rusia y por eso elegimos Rusia.

Para nosotros era importante no tener sólo un hijo y que fueran hermanos, fue así que echamos una solicitud para hermanos biológicos. Por nuestra edad -porque eso va como muy regulado-, nos decían que íbamos a tener bebés de cero a cuatro años, que para mí era estupendo porque todas las madres queremos los bebés pequeñitos. Tardamos casi dos años con los trámites. Como mi marido es militar y tenía una misión en Bosnia todos los jaleos de los trámites y de los parones y de todo, me tocó vivirlo un poco sola. El caso es que, cuando entonces nos llamaron para ir allí, nos avisaron que nos habían concedido dos hermanos.

Pero en esos momentos, los rusos que tienen un carácter orgulloso de querer que sus hijos se queden allí en su país, habían dicho que eran ellos los que decidían a qué padres les daban y que eso no se decidía aquí en España sino en Rusia. Entonces tuvimos que viajar sin saber muy bien qué niños nos habían correspondido, pero pensábamos entre cero y a lo mejor cuatro no, pero sí cinco o seis años. Siempre estábamos pensando en niños pequeños. El caso es que cuando llegamos allí a Moscú, nos dicen que nuestros hijos tenían cuatro y seis años. Luego en el tren hasta la ciudad donde estaba el orfanato en el que estaban los niños, nos dicen que tenían seis y ocho años, y cuando llegamos a esa ciudad, nos dijeron que nuestros hijos tenían seis y diez años. Claro, no es lo mismo que en 24 horas pases de plantearte dos bebés a dos niños de seis y diez años. Es muy complicado. Nosotros teníamos muchas dudas. No queríamos conocer a los niños hasta que no tuviéramos claro si podríamos con esa situación.

  Me imagino que ese viaje habrá sido un viaje también interior.

Rosa     – Sí, efectivamente. Porque por un lado está toda la ilusión y la emoción, y por otro lado está el tema de no saber muy bien dónde te estás metiendo.

Entonces, cuando llegamos a Moscú lo que hicimos fue decir: “bueno, vamos primero a ver si nosotros estamos preparados para esto, antes de dar el paso”. Y llamamos a nuestras familias, y ellos nos apoyaron. No supieron decirnos ni sí ni no, pero nos dijeron que contáramos con su apoyo y eso nos hizo dar un sí.

Conocimos a Marina, que estaba en el orfanato, y parecía una princesita con su vestido rosa. Pero Dimitri estaba fuera, porque le habían mandado a una especie de zona de curación por problemas de salud que tenía en los bronquios. Fueron a por él en un avión y lo trajeron. Me acuerdo perfectamente que era de madrugada, de noche total, con un frío impresionante de noviembre ruso, y salió del tren con una cara de ilusión impresionante, fue un encuentro muy, muy emotivo. No nos entendíamos nada, claro.

La ilusión de los niños que allí estaban por tener unos padres también era impresionante, como la realidad tan dura en la que estaban. Te quedas con la alegría de los encuentros que esos días tienes con ellos y también con la cara de tristeza de todos los niños que se quedan allí, vamos, te los traerías a todos.

Yo conocí Rusia de joven en el viaje de estudios de la universidad, era la Unión Soviética en todo su esplendor. Pero a los dos años siguientes, viajamos con mi marido y mi suegra -que un poco todo el tema de Rusia viene por ella porque ella hablaba ruso-, y nos fuimos a casa de los amigos que yo había hecho en el viaje de estudios, a vivir a sus casas junto con ellos y tal. En esos dos años, ya estaban viviendo la Perestroika y lo que supone la caída de un régimen. La situación del país era realmente dura. Gente sin comida, los grandes almacenes sin artículos en venta, una crisis terrible. Por eso, yo muchas veces les hablaba a mis hijos de la realidad de sus padres biológicos en la Unión Soviética con esa crisis que hubo, que había sido muy difícil, y fue una realidad muy dura. El haberla conocido y transmitido nos ayudó como familia.

  Ellos venían justamente de una situación de desatención ¿verdad?

 R- Sí, sus padres biológicos vivieron la caída de un régimen, ese período de la “Perestoika” fue de una gran crisis en la Unión Soviética. Fue un intento de cambiar de régimen y no salió bien. Y para la gente humilde fue aún peor. El problema del alcohol en los países nórdicos es muy fuerte, sus padres eran alcohólicos. Eran de una familia muy humilde, el alcoholismo y la gran crisis por la que atravesaba el país fue un cóctel muy grande, un cóctel molotov. Nosotros no éramos conscientes de todo lo que habían vivido nuestros hijos. Y no lo fuimos hasta que Dimitri nos empezó a contar ya casi con 20 años. Nos iban contando cosas, pero cosas sueltas. Hace un tiempo, Dimitri se puso a escribir un libro sobre su experiencia -todavía lo tiene sin terminar, aunque está prácticamente terminado-, me lo dejó leer y bueno, la emoción de no haber sabido esa realidad para cuando vinieron fue un golpe duro para mí. El tema de los sufrimientos que ellos han pasado no se sana así cómo así, de hecho, no sé cuándo se sanará. Cada vez que ellos entablan una relación, eso vuelve y es muy duro.

   Luego regresasteis a España a terminar los trámites de la adopción antes de que ellos pudieran venir.

 R- Sí, pasaron dos meses, el pobre Dimitri -porque Marina no era tan consciente- lo sufrió mucho. A Dimitri le habíamos dicho que en un mes volveríamos a por ellos, y al final se alargaron los trámites casi dos meses, pero por fin pudimos ir. Luego nos enteramos de que mientras tanto, a Dimitri lo habían estado “machacando” diciéndole: “con lo malo que tú eres, no van a volver a por ti”, pobrecito. Como él tenía más de 10 años le hicieron testificar ante un juez para ver si quería venirse con nosotros o no. Estuvimos allí unos días con ellos en Rusia y luego ya volamos todos a España. El juicio fue el 20 de enero del año 2000, que lo celebramos todos los años. Este año hemos cumplido 20 años juntos.

Yo con mi mente cuadriculada, pensaba que tendríamos un año de adaptación y luego sería todo normal. Es la inconsciencia de no saber dónde te estás metiendo.

En ese momento piensas: “Me traería a todos los niños que hay en el orfanato”. Sin embargo, cuando sabes lo que hay y vas viendo tantas experiencias tuyas y de otros padres adoptivos, cuando vas viendo todo el daño y el sufrimiento que han pasado esos niños y que traen consigo, la cosa cambia. En ese momento cuesta ser consciente … Yo creo que Dios se vale de cierta inconsciencia nuestra. Si tú te proyectas en los miedos es imposible. Pero como la mayoría de las realidades en la vida. Pero sí que es cierto que la inconsciencia te hace dar pasos cruciales.

“…nuestros hijos iban a tener un pasado, lo más lógico era que nosotros pudiéramos coincidir en cariño por ese pasado”

Te hace lanzarte “al agua”…

R- Sí, sí, sin dudas.

La verdad es que los primeros meses fueron geniales. Yo estaba de baja, porque justo se había aprobado la ley que permitía la baja por maternidad también por adopción. Pero llego el día que de pronto me dijeron que me tenía que incorporar, era el final del curso -con los estreses que tiene un final de curso- y fue ahí donde empezaron a venir todos los problemas. No fue nada fácil para ellos tener que meterse en el colegio justo al final del curso.

Esa es una cosa que me gustaría decir a alguien que quiera plantearse el tema de la adopción, si hay una cosa que tengo clara que lo haría de otra forma, es eso. Los niños con la edad que tengan y me digan lo que me digan de que tengan que estar escolarizados, no les escolarizaría el primer año. Nos recomendaron que era lo mejor para que aprendieran el idioma y tal, pero para nada. Establecer los vínculos es tan importante, tan importante. Y un colegio, en ese momento, para ellos es casi lo mismo que un orfanato, donde vivieron cantidad de problemas. Una vez en el colegio Dimitri daba problemas en todos los momentos, pero sobre todo en el horario del comedor.

Me imagino que esta nueva etapa, habrá traído también a vuestro matrimonio y a vuestra familia nuevos retos y nuevas dificultades. ¿Cómo fue? ¿Cuáles fueron los retos más grandes?

R- Unir la maternidad con niños que no tienen ni tu idioma, ni tus comidas, ni tu cultura … es difícil. Me acuerdo al principio, que hice algo que me parecía aberrante, pero es que recién llegados no comían prácticamente nada porque todo les daba asco. Entonces, llegó un momento en que ya les dije: “si no lo comes ahora, lo comes en la comida siguiente y sino en la siguiente …” Comidas que odiaban pues ahora les encantan, pero claro el cambio fue muy muy grande.

Con el tema del idioma yo había recibido unas clases y tal, pero ellos fueron muy rápidos, en unos meses ya entendían todo y empezaban a hablar algo. Cuidamos el tema de que ellos estuvieran juntos en la misma habitación y nosotros cerca, y poco a poco fuimos separándonos nosotros y a ellos de habitaciones. Poco a poco. Estuvimos también casi un mes hasta que conocieran al resto de la familia, para que no tuvieran un excesivo bombardeo. Pero el reto fundamental fue compaginar mi profesión y la profesión de mi marido, que cada dos por tres tenía misiones y viajes, con el ritmo de los niños.

Los mayores desafíos me los ponían cuando mi marido no estaba. Cuando se habla del tema maternidad y paternidad, nosotros, con nuestros hijos adoptivos, hemos visto claramente como las demandas que nuestros hijos nos planteaban hacia mi marido o hacia mí eran muy distintas. Todo lo que era afectivo -aunque no lo hicieran de forma consciente- era sobre mí. Y sin embargo mi marido apenas tenía problemas con ellos. Aceptaban bien la autoridad. También es cierto que tener una madre docente puede ser complicado. Nosotros tampoco teníamos la experiencia de hijos biológicos, entonces no podíamos saber lo que era normal de la edad, con lo que era propio de la adopción. Había ahí cosas que se mezclaban. Y no es lo mismo cuando tú tienes un niño desde pequeñito -yo ahora por ejemplo soy abuela y lo veo con mi nieto- a cuando te encuentras con un niño de casi once años, a ver cómo pones tú unas reglas y unos límites. Y, sobre todo, lo que luego nos ha contado Dimitri: que pasó de no tener nada a tener todo, y eso no lo supo gestionar bien.

Nosotros somos muy austeros y muy del tema del esfuerzo. La propia sociedad va un poco a contrapunto con esto. Hoy en día a todos los padres que tenemos estos valores nos cuesta remar contra corriente, y si los vínculos con los hijos no están del todo hechos, pues la cosa se complica bastante.

A nosotros nos empezaron a llover los problemas en el colegio con Dimitri. A mí,  además me pilló que estaba de coordinadora como jefa de estudios en el colegio, ponía partes por la mañana a los alumnos y recibía partes de mi hijo por la tarde. La verdad es que fue complicado. Intentábamos hablar con los profesores para conocer las situaciones e intentar ir a pasos cortos que sí podíamos controlar, pero muchas veces lo expulsaban antes y ya no podíamos encontrar una solución. Cuando lo expulsaban ya nosotros no podíamos estar en casa, y se juntaba con malas compañías, fue muy complicado. Llegó un momento en el que se escapaba de casa, aprovechando que mi marido estaba de misión y yo no sabía dónde estaba. Luego le cambiamos de instituto y lo llevamos a mi colegio, para tener un poco más de control sobre él.

De pronto me decían mis propios compañeros: “¿a Dimitri qué le pasa? ¿Está malo?” y yo: “no sé dónde está”. Fue bastante duro también.

En ese momento llegó mi marido de la misión, se sentó a hablar con él y le dijo: “mira, aquí hay que hacer algo”. Él le escuchó y se metió en el ejército de tropa profesional. Y la verdad es que le vino fenomenal.

Al principio, él quería estar allí y luego venir a casa y seguir haciendo lo que le daba la gana. Entonces, el primer fin de semana nosotros le dijimos “mira aquí en casa hay unas normas, y si tú tienes problemas con las normas, ahora que trabajas y tienes tu dinero, vas a tener aún más problemas con las normas. Entonces, si tú quieres libertad, la libertad tiene que ir acompañada de responsabilidad, por lo tanto, tienes que hacerte responsable de tu vida.” Entonces se quedó a vivir allí en el cuartel y vivió todo lo que quería vivir y más. Y como decía, el primer fin de semana se vino a casa con el petate con toda la ropa para lavar. Y le dije “libertad acompañada de responsabilidad”, y se volvió con el petate como lo trajo al cuartel.

También nosotros es que somos así, seguro que otras personas lo harían diferente, pero nuestro hijo tenía que recibir de nosotros normas muy claras porque si no tiraba de la manta y de todo lo que fuera. Con mi marido teníamos el desafío de cómo afrontar esos problemas, cada uno tenía su visión, también considerando que las demandas hacia uno y otro eran distintas. Nuestros hijos eran absolutos expertos para ver cuál era “el kit” que nos separaba y allí hacer cuña. En todos los matrimonios pasa, pero los hijos adoptivos yo creo que tienen como un radar. Un poco también como “llegar al extremo” a ver si realmente esto va a ser para siempre.

Una de las cosas que a mí me preguntaban mucho mis hijos era “¿nos vais a devolver?”, y yo me acuerdo perfectamente que le decía a mi hijo “mira Dimitri, yo no te puedo devolver a nada porque tú eres mi hijo y como mucho puedo renunciar a cuidarte porque no me vea capaz, y entonces las autoridades pues te cogerán y te llevarán a un centro y tal”, “pero yo no te puedo devolver a ningún sitio, porque tú eres mi hijo”.

Yo luego, leyendo el libro de Dimitri, comprendía muchas cosas. Es que claro, que tus padres te fallen, siendo tan pequeño, desestabiliza todo tu mundo de una forma que no somos conscientes de la herida tan profunda que eso deja. No somos conscientes, poco a poco con la vida vas descubriendo lo que eso significa. Aun así, tampoco tienes las herramientas para saber cómo hacer las cosas. Pero por lo menos ya tienes la claridad en la mente de cuál es el problema.

A todo esto, la familia y los amigos te dicen “es que sois muy exigentes”, “claro con una profesora y un militar ¿a quién se le ocurre?”, todo el mundo tiene que participar de cómo son las cosas cuando realmente no tienen ni idea. Y sí que es cierto que a lo mejor otras personas lo harían de otra forma. Yo ahora, con el paso del tiempo que he conocido a muchos padres adoptivos, pienso que para las circunstancias de nuestros hijos y de hijos mayores, el hecho de ser más firmes y cuadriculados en las normas les ha venido mejor. De hecho, Dimitri, que ahora es otra persona, nos lo dice. Entonces no se sabe, porque cada niño también es diferente y a lo mejor esos niños necesitan otro tipo de educación menos metódica.

El caso es que, en el matrimonio, con todas estas tensiones se nos separaban los caminos, y mi marido y yo que nos queríamos muchísimo, de pronto teníamos unos problemas de pareja terribles. Yo me planteaba muy seriamente la separación, pero incluso de mis hijos. Pensaba “ahí os quedáis”, “no puedo con esto”. Y en ese momento me invitaron a un cursillo de cristiandad y me encontré con El Señor. Me encontré con un amor puro y precioso, que me enseñó cómo mi marido me quería, que yo no era capaz de verlo. Y me enseñó cómo yo quería a mis hijos, que tampoco era capaz de verlo. Porque te planteas todo, claro, la maternidad y todo. Y cuando volví mis hijos y mi marido alucinaron diciendo “¿qué ha pasado aquí?”. Y de pronto, en lugar de broncas pues le ponía chuches en los bocadillos y cosas que alucinaban. Y bueno, El Señor salvó, salvó lo que Él mismo había empezado. Porque tiene mucha gracia, pero resulta que cuando yo estuve en Rusia con el viaje de estudios, fue cuando Dimitri fue concebido.

“…y esa parte de su historia hay que abrazarla, respetarla, y a veces también sufrirla”.

O sea que Dios tenía un plan..

R- No, yo no creo que Dios tuviera un plan para eso. Yo creo que nosotros fastidiamos las cosas y Dios va abriendo caminos. Y cuando la seguimos fastidiando, vuelve a abrir otros caminos. Entonces se vale de esos puntos de generosidad que en algún momento puntual puedas tener, para hacer obras. La verdad es que fue muy bonito, pero claro, muy duro. Ahora, toda esa complicación, con El Señor, se podía llevar.

Y viendo ahora esta historia con cierta perspectiva, ¿qué te ha dejado? ¿en qué cosas te ha enriquecido?

R- Pues en la fe. No me imagino que me hubiera encontrado con El Señor si no me hubiera pasado todo esto. El sufrimiento es muy malo, pero te hace abrir las puertas al Señor. Cuando yo no pude quedarme embarazada, pensé en la ciencia. Cuando perdí a mi bebé, elevé una oración (a la Virgen del Pilar porque soy “maña”, la tradición manda). Y Dios se vale de esa apertura mínima, para ir haciendo un recorrido.

Tiene mucha gracia, mi hijo Dimitri va a casarse dentro de nada. Y dentro de esas “casualidades” que ves a posteriori está esta: cuando tuvimos que llevar a Dimitri al colegio donde yo trabajaba -yo vivo en Villalba y trabajo en Carabanchel-, como había unos atascos terribles, lo que hacía era aprovechar y levantarme pronto e ir a la Iglesia de Santa María de Caná en Pozuelo, a oír Misa antes de ir al colegio, y así ya podía con todo. Dimitri, que se venía conmigo (porque yo le decía que podía irse en el tren o venirse conmigo en el coche), se quedaba afuera fumando. Cuando hacía mucho frío, se iba metiendo en la Iglesia. Y ese fue el camino que también tuvo que hacer él. La historia que Dios hizo con él, valiéndose de su paso por el ejército, y teniendo también un encuentro con él. Pues ahora resulta que Dimitri se casa en esa misma iglesia de Santa María de Caná.

El otro día que estaba allí mismo rezando decía: “Señor, qué bien haces las cosas”. Cuántas veces yo aquí arrodillada rezando por mi hijo y ahora Dimitri está en tu camino, a tu servicio y va a empezar un matrimonio precioso fundado en ti.” Que sí, que está en nuestra libertad, pero que El Señor nos arropa y nos marca y somos suyos.

Desde luego que educar es un arte y tiene momentos muy duros como los que has compartido con nosotros, pero ¿puedes decir que en toda esta historia has visto belleza?

Claro que sí. Mira, con mi hijo Dimitri lo hemos pasado muy mal, pero con mi hija Marina mucho más. Cuando ya parecía que todo estaba bien, Dimitri había vuelto a casa y estaba estudiando y estábamos todos en el seno de la Iglesia, nos habíamos convertido todos y llevábamos tres años preciosos de “la familia ideal”. Pues en ese momento, los padres biológicos de mis hijos se ponen en contacto con ellos a través de las redes sociales.

Nosotros cuando fuimos a Rusia nunca nos planteamos que existiera esa posibilidad. Y claro, yo soy capaz de entender el dolor de esos padres biológicos. Ellos gracias a Dios se habían rehabilitado y debían de tener un dolor muy intenso de no saber de sus hijos. Pero para mis hijos supuso un golpe muy duro. En muchas cosas supuso volver a empezar.

Esto es un camino y el Señor está presente. Este sufrimiento nos ha llevado a Él, que es realmente lo que necesitamos tener en nuestra vida para ser felices. La fe es lo que nos ha sostenido, porque con los problemas de mi hija, que han sido más duros, hemos sabido a quien acudir y Él nos ha dado la fortaleza que necesitamos cada día. Y el descanso de poner en Él nuestra confianza, porque si te proyectas en el futuro, te pierdes. No sé cómo va a terminar esto, pero me fío de Él.

¿Cómo te ayuda la gente, la familia, los amigos, los colegios, etc, en la adopción? ¿Te has sentido arropada? En algún momento mencionaste que tu familia fue muy importante. ¿Ayudan o “desayudan”?

R- Todas las personas me han ayudado y “desayudado”. Nosotros por un lado hemos tenido aceptación e integración absoluta en la familia, e igual con las amistades. No hay una diferencia por ser adoptados.

Las “desayudas” es que muchas veces, por estar tan integrados, nos olvidamos que tienen un “pasado doliente”. Y esa realidad existe y esa realidad hay que aceptarla y afrontarla, y las personas que no han pasado por esa realidad no tienen ni idea. Ni siquiera nosotros tenemos idea hasta que van apareciendo las cosas.

Tuvimos la necesidad de agruparnos con otras personas que fueran también padres adoptivos. Es lo de siempre, cuando tú estás con un problema de una enfermedad rara, tiendes a juntarte con personas que tienen el mismo problema. Porque la empatía es distinta.

Muchas veces hemos oído lo mismo: “todos los hijos dan problemas”, “todos tenemos unos hijos que mira son biológicos y también dan problemas”. Y no, mira, yo, alguna vez cuando alguien me lo ha dicho más de una vez en los momentos duros, le he dicho: “perdona, pero no, tus hijos nunca se van a encontrar con unos padres biológicos que aparecen de la nada”, y claro eso ya les cierra la boca, porque es verdad.

Hay realidades que sí las podemos integrar, como el hecho de ser españoles, aunque ellos bien dicen que tienen orígenes rusos. Al igual que el hecho de que nosotros somos sus padres, pero tienen padres biológicos, y se ha hablado de ellos sin ningún problema. De hecho, cuando aparecieron, había un nombre para ellos, una historia recorrida que es parte de su historia y esa parte de su historia hay que abrazarla, respetarla, y a veces también sufrirla.

Entonces, abrazar y respetar la realidad de cada uno, y buscar la empatía en personas que sean conscientes de que hay algo que es distinto.

¿Qué consejo que le darías a las madres que están en proceso o ya han adoptado?

R- El consejo para mi más importante es estar con los niños sin ir al colegio al menos un año. Es que yo lo he visto con mi nieto: ¡los vínculos del primer año son tan necesarios! Y ellos no lo van a tener en el primer año de vida, pero al menos que lo tengan en el primer año de la relación de la familia. Eso para mi es crucial. Hay países donde está el “home schooling” y te dejan tenerlos en casa. Aquí no te dejan, pero yo insistiría.

¿Animas a la gente a adoptar?

R- Sí, animo a la gente a adoptar. Si a mí me preguntas y a mi marido le preguntas si volveríamos a adoptar, te decimos que sí. Que sí.

Este fin de semana hemos estado celebrando el cumpleaños de mi hijo y tenemos una familia preciosa. Sigue habiendo sus problemas, pero tenemos una familia preciosa.

Animar sí. Ahora, ser conscientes. Porque nosotros hemos conocido a parejas que han adoptado y que luego han dejado a sus hijos en centros e instituciones porque no podían con ellos, y eso sí que es terrible. Ese devolver, que no es devolver, es que no te haces cargo y pierdes la custodia, igual que si eres madre biológica, igual. Pero no es lo mismo para un niño adoptado que ya ha sufrido una pérdida, no es igual, para uno que ya lo ha sufrido, no es igual.

Entonces, plantearse muy bien al principio de este proceso, incluso contactar con personas para que te muestren la realidad que hay, para que estés lo más preparado y consciente posible al asumir el reto.

Un matrimonio creyente cuenta con una fortaleza, la de abrazar la cruz, porque sabes que cada día cuentas con la fuerza que Dios te da para abrazar esa cruz. Eso no les va a quitar el sufrimiento, pero les va a hacer más fácil enfrentarse a muchas circunstancias duras.

Y el que no cuenta con esa experiencia, El Señor también se vale de la inconsciencia y se vale de los deseos de maternidad y paternidad, de lo que sea para hacer caminos. Pero entiendo que sí, que es bueno saber que el reto es muy grande.

Hay que decir que sí. Hay que decir que sí porque las familias son preciosas y sobre todo porque esos niños necesitan de ese amor, porque ellos son los únicos que no son culpables. Esos niños necesitan de ese amor.

Gracias, Rosa, por regalarnos este rato, por abrirnos con tanta generosidad no solo tu casa sino también tu corazón y hacernos tanto bien con tu testimonio lleno de belleza, esa belleza que nos salva.

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